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Premier Jour: Fuera de Juego & La Churona.

Lundi 22 

 Fuera de Juego  17:00
 Victor Arregui
2è Semaine du Cinéma Équatorien de Paris





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La Churona                     19h30
Maria Cristina Carrillo2è Semaine du Cinéma Équatorien de Paris



Hacia nuevos conflictos. Por un cine ecuatoriano

Jorge FLORES

El cine contemporáneo ecuatoriano ha buscado alcanzar un nivel de calidad y sin duda lo ha logrado. En los últimos diez años, el cine en Ecuador ha crecido considerablemente, se crearon escuelas, festivales, se luchó por una ley de cine y se creó el Consejo Nacional de Cinematografía del Ecuador (CNCINE). El Festival Internacional de Cine y Video de los Pueblos Indígenas, el Festival EDOC (Encuentros del otro Cine) y el Festival Cero Latitud, los tres más consistentes del país, han desencadenado un interés por el cine sin precedentes y hoy cuentan con un público masivo y constante.

La ley de cine fue aprobada en 2006 y en 2007 se asignaron los primeros fondos públicos para desarrollo, producción y distribución a través del CNCINE, que se han mantenido hasta hoy. En ese mismo año, Ecuador entró en el programa IBERMEDIA y en 2009 se realizó el DOCLAT (2do Encuentro de Documentalistas de Latinoamérica y del Caribe, Siglo XXI) en la ciudad de Guayaquil, del cual surgió una declaración que promueve la creación del Espacio Audiovisual Latinoamericano y Caribeño. En este momento hay veintidós proyectos que han recibido el aporte del CNCINE y que se estrenarán en los próximos años. Todos estos factores han contribuido para que las películas ecuatorianas empiecen a producirse en un marco más estable e institucionalizado que ha generado buenos resultados.

Actualmente contamos con todo lo que hacía falta, con todo lo que soñaron los realizadores que hicieron cine a pulso en nuestro país. En este nuevo contexto conviven las instituciones públicas, las empresas y equipos de producción, los realizadores y realizadoras, los críticos y los espectadores. Pero existen también realizadores al margen de este proceso de institucionalización que luchan por un cine ecuatoriano desde sus propias trincheras. El cine en Ecuador es un fenómeno que hoy se desborda y sobrepasa cualquier marco. Se lucha por las bases de un cine nacional, por la premura de relatar nuestras problemáticas, nuestro sueños, para al fin vernos representados en la gran pantalla.

El cine, como sistema de pensamiento, no nos ha defraudado; su haz de luz empieza a iluminar nuestras mentes; su poder realista, figurativo y principalmente narrativo nos ha dado imágenes y momentos que nos han impactado de forma brutal, para bien y para mal. La mirada del cine ecuatoriano contemporáneo producido dentro de un marco institucional es una mirada que se proyecta sobre un otro, que representa un mundo romántico en extinción. Es la mirada de un mundo provinciano conformado por las elites (el poder) y las masas (el pueblo); la del intento de acercarse al otro para poseerlo y hacerlo suyo, para fundirse en él, un deseo de fusión entre lo múltiple que ha llevado a los cineastas contemporáneos a privilegiar la representación del viaje. Los héroes de este cine emprenden viajes hacia las profundidades de un país que conocen, pero con el cual les resulta difícil relacionarse* .

Me pregunto que nos traerán los próximos años. ¿Hacia dónde va nuestro cine? La respuesta está talvez en ese otro cine que irrumpe desde las bases, que se distribuye en salas improvisadas, en mercados informales, en la calle. Ese cine llega para desestabilizar, enriquecer y conducir la cinematografía del Ecuador hacia nuevas aventuras y nuevos conflictos. Ese cine siempre en movimiento, que se reconfigura constantemente y nos permite pensar con imágenes las problemáticas de nuestro país, es el que nos permitirá también soñar con nuevas ediciones de esta Semana de Cine Ecuatoriano en París.

¿En Ecuador se hace cine?

Samanta YÉPEZ

En Ecuador se hace cine, es el título de un ciclo presentado en la cinemateca de Montevideo en 2009. Este pleonasmo denota a qué punto la cinematografía ecuato- riana podía parecer modesta a los ojos de otros países sudamericanos. En Francia, las oportunidades de ver estas obras siguen siendo escasas, de ahí el deseo de traer aquí una muestra de ese cine fabricado en el “centro del mundo”. Se trata de hacer converger en este “centro” que es París, imágenes que vienen de otros lugares, historias que nos conmueven, nos sacuden, nos hablan.

Esta programación propone varios trayectos, uno de ellos gira alrededor del universo del escritor Jorge Enrique Adoum con el documental Jorgenrique, de Pocho Àlvarez, y la ficción Entre Marx y una mujer desnuda, de Camilo Luzuriaga, adaptada de la novela homónima. La relación entre literatura y cine también está presente en el largometraje Cuando me toque a mí, de Víctor Arregui, adaptación de la novela De que nada se sabe, de Alfredo Noriega, y en el cortometraje Un hombre muerto a puntapiés, de Sebastián Arechavala, adaptación del cuento de Pablo Palacio. Defender el cortometraje, ese lugar de experimentación y búsqueda, es esencial. Cada largometraje estará precedido por una obra corta. La diversidad de estilos y de miradas que desarrollan estos jóvenes cineastas anuncia un futuro prometedor para nuestra cinematografía.

Redescubrir una película que marcó el cine contemporáneo ecuatoriano es también importante. Ratas, ratones, rateros, de Sebastián Cordero, obra emblemática de los años 90, teje su trama en las grandes ciudades colmadas de caos. Imposible olvidar ese momento en que Ángel, con su aspecto maltrecho, anuncia con una gran sonrisa a su banda de cómplices que tiene la solución para salir de la crisis. Otro destino que nos hace tomar conciencia de la injusticia social es el del personaje principal de En espera, de Gabriela Calvache. Aquella niña indígena nos conmueve y los caminos que toma nos indignan.

La atracción - ¿o la necesidad? - de la travesía parecen guiar a un buen número de cineastas. En Qué tan lejos, Tania Hermida escoge el road-movie para contar el viaje de Teresa, una estudiante en mal de amores, mientras que Mateo Herrera en Impulso construye una historia de suspenso donde Jessica, una colegiala, deja la ciudad y se marcha al campo para indagar en su pasado. En estas dos películas encontramos personajes que se buscan y a una misma actriz que los encarna: Cecilia Vallejo. Abuelos, de Carla Valencia, cuenta también un itinerario. La poesía del relato nos invita a viajar con la cineasta, de Ecuador a Chile, en busca de sus raíces.

Ir al encuentro del otro es la apuesta de los documentalistas. Andrés Barriga en Mejor que antes propone una deambulación poética en un Ecuador contemporáneo donde la figura del héroe revolucionario Eloy Alfaro está latente. En este ensayo, avanzamos en un tren emblemático que va juntando retazos de vidas.

Con Chigualeros, Alex Schlenker dibuja el retrato de un grupo de salsa que va más allá del “documental musical”. La complicidad que establece con sus personajes le da un giro al relato anunciado y el encuentro con los músicos se cristaliza. Jorge Luis Narváez, por su lado, construye en Alpachaca, puente de tierra una narración clásica cuya fuerza emana de los testimonios de los habitantes negros del Valle del Chota. Recordamos a aquel anciano que habla de su condición de esclavo en un pueblo árido donde el sol es de plomo. En Burdeos, donde escribo este texto, vuelven a mi mente el pasado negrero de este puerto y ese hombre afro-ecuatoriano. Su voz y sus palabras resuenan aun aquí.

Patricio Guzmán dice que un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotos. En el caso del Ecuador, creo que eso es válido cualquiera que sea el modo de expresión que escogen los cineastas.

¿En Ecuador se hace cine? Esta frase podría ser la réplica del policía de migración que le pregunta a un joven cineasta su profesión antes de sellarle el pasaporte. En esta escena de Prometeo Deportado, de Fernando Mieles, el joven cineasta intenta explicar su oficio de varias maneras. En su reacción se vislumbra el aire del cine ecuatoriano: aventurero, audaz y siempre listo a dar el salto.

El cine de todos los mundos, este cine

Ramiro NORIEGA


Permítanme insistir: no hay nada más universal que lo local. Cuando parecía que todo quedaba establecido, emergen todas las formas de todos los mundos, como diría Edouard Glissant. Y no se equivocaba. Con él, queremos plantear que hay una diferencia entre lo nuevo y lo inédito. Esta Semana del Cine Ecuatoriano en Francia tiene tanto de lo nuevo como de lo inédito, y eso es mucho decir.

Está claro que el siglo XXI es el siglo de todos los mundos. El movimiento de unos y otros, de todos, es el alimento de ese fenómeno que nos ilusiona y compromete. Esta Semana del Cine del Ecuador forma parte de esa deriva; se inscribe en el escenario como un hecho inusitado, casi una rareza, pero no lo es ni quiere serlo. Lo que merece es ser esto, una Semana del Cine, con todas sus letras y matices.

El mundo de todos los mundos se configura como una suma de fragmentos diversos: nada resulta igual a nada, todo se mueve. A veces nos movemos en una dirección, casi siempre en muchas direcciones. El cine, un siglo después, habla claramente de esa dinámica que es a la vez un desafío. Es que el cine, como el movimiento, más que un hecho es un derecho: no basta con quererlo para tenerlo. La imagen es también, y quizá sobre todo, un ámbito de disputa en cuanto tiene que ver con lo cultural.

En ese ámbito en disputa, la Historia del cine del Ecuador se parece a una ruina en la que prevalecen más las ausencias que las presencias. No queda suficiente de lo que hemos sido y también de lo que se ha filmado. Esto nos interpela y por eso esta Semana del Cine del Ecuador en Francia ha de ser asumida no solo como una progra- mación artística sino como una apuesta de política pública. Los olvidos hay que remediarlos. Que de ese espacio en ruinas surja una cinematografía viva, crítica, diversa y potente nos tiene que alegrar.

Esta Semana tiene todo de lo particular y mucho de lo universal pues trata, en esencia, sobre la aventura humana. La hemos llamado, en un juego de palabras, de varias maneras. La primera que salta a la vista es aquella de las “imágenes del centro”, por una alusión que debe leerse al menos en dos direcciones: una, en virtud de que cada película se basta a sí misma, en sus debilidades y en sus fortalezas. Y otra, en relación con el país del que proviene, señalado y estereotipado por aquella idea de ser, efectivamente, “el centro del mundo”, donde todo comienza y termina.

Sumadas ambas alternativas tenemos que estas “imágenes del centro” hablan a la vez de algo que somos y algo que creen que somos.

A esta Semana también la hemos llamado “de las imágenes descentradas”. Así hemos querido convocarnos a ver este cine como la expresión de las diferencias, de lo diverso y, por qué no, de la complejidad. Hay una crítica, un mercado, un cine que no creen en esa complejidad; ese cine es casi siempre el cine comercial, que tiene en el núcleo de sus preocupaciones la taquilla y no el relato, por no decir el ser humano.

Imágenes del centro, imágenes descentradas… ambas opciones invitan al espectador a un desafío primordial: descubrir esta cinematografía con el mismo rigor y ternura como se descubre lo íntimo.

Esta Semana del Cine del Ecuador le hubiera gustado mucho al poeta Edouard Glissant. Él, se sabe bien, conocía el daño que en nombre de una supuesta identidad universal nos hemos causado los seres humanos. Glissant prefería hablar de aperturas, de interrelaciones, de diálogos, de conflictos. Este cine venido del Ecuador a Francia pone en escena esas mismas preocupaciones. Con Glissant, en la Semana del Cine del Ecuador en Francia queremos celebrar el concepto de todos los mundos como si se tratara no tanto de una esperanza, sino de una oportunidad.